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Never let you go

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Never let you go

Mensaje por Oliver el Dom Feb 01, 2015 7:28 pm

Never let you go

Él se encontraba sentado en la banca de un parque. Se le podía notar el nerviosismo con cada movimiento de cabeza que daba. Volteaba a la derecha, a la izquierda, otra vez a la derecha… Pero nada. De repente, se le ocurrió la grandísima idea de voltear a ver si te encontrabas atrás de él, tal vez no lo habías visto y como él estaba de espaldas, tampoco te había visto. Rápidamente giró ligeramente su cuerpo y la cabeza, mas solo pudo divisar a unos niños jugando en el césped del lugar… Pero ellos no eran tú. Suspiro y se volvió a sentar de la manera correcta tal vez habías meditado más la situación y decidiste cambiar de opinión, pero para no herir sus sentimientos, no se lo dijiste.
Llevó sus codos a sus piernas y posteriormente, sus manos a cabeza, de manera que estas taparan sus ojos y se echó a llorar… La idea de que tú le hicieras caso a sus invitaciones era completamente absurda, de todos modos, eras la chica con más popularidad en el Instituto, lo que suponía que contabas con múltiples citas y compromisos importantes, el hecho de que pudieras desperdiciar el tiempo con él, Gilbert Weillschmidt era la cosa más ridícula del mundo, ahora que lo pensaba… Todo eso era cierto… ¡Tú nunca le prestarías atención, ni aunque fuera por un solo segundo!
Lloró y lloró. Lloró y no paró hasta que no quedaban más lágrimas que derramar. Y, sólo cuando sucedió eso, llevó su vista al horizonte y secó sus lágrimas.
-Perdóname por haberme enamorado de alguien a quien no alcanzaré –y una lágrima solitaria bajo por su rostro, hasta llegar a tocar el piso.
Sin pensarlo y de manera involuntaria se paró y tiró el ramo de rosas rojas que había comprado con mucho cariño para ti.
-¡Te odio! –Gritó al cielo, envuelto en un ataque de ira total-. ¡Te odio y siempre te odiaré!
Se volvió a sentar en la banca en donde anteriormente se encontraba. Sus piernas temblaban y daban la impresión de que no resistiría más su propio peso. Lloró, pero esta vez interiormente. En su cara se reflejaba la tristeza del momento, volteo a ver a todos lados, como si la respuesta a sus problemas se encontrará en algún sitio de aquel escenario. Parecía un loco, aunque eso era verdad, estaba loco por ti, loco por poder estar a tu lado, loco por que le prestarás atención… Pero tenemos que ser honestos: Eso nunca pasará y tú bien lo sabes, pero aunque él lo supiera, no podía aceptarlo.
Se levantó y empezó a caminar, sin siquiera volver a voltear atrás, en caso de que hubieras llegado tarde –Aunque tenemos que ser sinceros, ¿Llegarías tres horas tarde a un compromiso?-. Caminó lentamente, en dirección a su casa, sin siquiera pensar en lo que en realidad pasaba, aunque, nadie que se encontrará en su caso, lo pensaría bien ¿O sí? De todos modos, toda posibilidad de que llegarás, se había esfumado de su cabeza y eso era más que suficiente.
 
 
Luego de caminar por las calles de la ciudad, pudo llegar a su destino. Su casa: Aquella cosa a la que llamaba hogar, tenía una fachada de color blanco, desde el ángulo en donde se encontraba, solo se podía visualizar una dos pequeñas ventanas, una de menor tamaño a la otra. Cada una a un lado de la puerta de madera por donde todo el que entrará o saliera del lugar tendría que pasar. La casa se encontraba en mal estado, pero eso no le preocupó, en realidad, eso era algo normal para él.
Movió la manija de la puerta hacia un lado y la puerta se abrió. ¿Te parece extraño que no hubiera cerrado con llave? En realidad, no tienes motivo para pensar en ello. Eso se trata de algo normal para gente como él.
Se acostó en un sofá verde, para ser un poco más exactos, el que se encontraba más cerca a la entrada y salida del lugar. Podría haber ido a la cama, pero en realidad, no tenía la voluntad necesaria para poder hacer tal esfuerzo, en ese momento lo único que deseaba era el descansar…
 
 
Abrió los ojos y todo su alrededor estaba rodeado por un color negro. Era de noche. Se había quedado dormido y algo lo había despertado. Se sentó en la orilla del sofá. Quería averiguar quién o qué era el causante de aquellos pasos y voces que se podían escuchar en la cocina, por lo que agarró la primera arma que pudo encontrar a su alrededor; un cojín.
Abrazando el cojín en su pecho, como si de un muñeco de peluche se tratará y de manera lenta, intentando el no causar ni el más mínimo ruido, se acercó a la cocina. Su sorpresa fue inmensa al ver que ahí te encontrabas tú… Debía de estar soñando, ¿Verdad? No lo sabía. Se taño los ojos con su mano derecha para poder ver mejor… ¡Y era cierto, ahí estabas tú!
Aunque había cosas que él no lograba entender. Tú estabas llorando, por algún extraño motivo. En las manos llevabas una caja, al parecer había objetos muy preciados en ella, porque se podía notar el que no la soltarías en ningún momento. Además de todo aquello, cuando terminaste con tu llanto, a pesar de que él había notado el que tus ojos quedaron fijos en los de él, tú lo ignoraste y marchaste del lugar.
Gilbert te siguió, hasta que tú subiste a tu coche.
-¿Te puedo acompañar? –te preguntó, pero no contéstate.
A pesar de tener una respuesta negativa, él se subió al asiento del copiloto como si tu respuesta hubiera sido: “Claro, no tenías porqué preguntar”. El silencio gobernó el lugar durante todo el trayecto al lugar del destino. Tú amigo intentaba hablarte sobre cualquier tema que pasará por su cabeza, pero tú, simplemente, lo ignoraste.
 

Paraste el coche cuando llegaron al lugar de destino.
-¿En dónde estamos?
No hubo respuesta, simplemente bajaste del coche. Un ramo de rosas rojas acompañaban a tu mano derecha. El muchacho te imito, sin siquiera darse cuenta del lugar en donde se encontraban: Un cementerio.
Unas gotas gobernaron tu rostro, no podías contenerlas, siempre que ibas a ese lugar, las gotas te ganaban en aquella pelea para no salir de tu rostro.
Llegaste a la parte más oscura del lugar. Muchas tumbas decoradas por regalos como carritos de juguete, botellas de tequila, etc. se encontraban en todos lados. Podías haber parado en cualquier otra que desearás, pero llegaste a la tumba más descuidada de esa zona. Pero, para asegurarte de que fuera la tumba de tu tan amado difunto, leíste:
“Aquí descansa Gilbert Weillschmidt.
1997 – 2015.
R. I. P.”
Dejaste el ramo de flores en donde correspondía y dejaste que él lo viera todo…
Gilbert abrió los ojos como platos y posteriormente soltó una lágrima… ¡Él no había muerto! ¡Todo era una terrible broma!... ¿Verdad?
-Te extraño, Gilbert –suspiraste, mientras tocabas el collar de oro que nunca te quitabas.
Ese era el collar de oro que él te regalaría ese mismo día, una vez que tú hubieras aceptado el noviazgo entre los dos.
-Y-yo… Siempre te amé… -ahora estabas llorando-. Ese día que me invitaste al parque te iba a preguntar si es que quieras salir conmigo… Pe-pero… ¡¿Por qué tenía que pasar?!
Lloraste enfrente de aquella alma en pena, sin si quiera imaginártelo.
-Y-yo… Nunca debí dejarte ir -te quedaste sin palabras-. Yo-yo… -suspiraste-. Simplemente: Gracias por el collar, q-que nunca pudiste entregarme –no pudiste continuar, las lágrimas eran más fuertes que tú.

Diste media vuelta, ya no querías ver más el motivo de tu sufrimiento.
Gilbert lloró enfrenté de ti y te dijo tantas, pero tantas cosas aquella noche en el cementerio…
Lamentablemente, tú nunca lo supiste…



¿Y si algún día dejamos de soñar...
y todo se volviera una realidad?
La realidad de la vida que nos hace llorar.
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En el mundo de los libros.

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